Por Darwin Porras Guevara
Hace unos 3 años, bordeando el final del año 2022, el mundo civilizado conoció por primera vez a la primera propuesta sintética paralela a la inteligencia humana, una inteligencia artificial que se sentía tan natural, que hizo trastabillar las mordaces lenguas de los escépticos y los críticos. Denominada simplemente como un “modelo de lenguaje extenso”, pero mejor conocida como “inteligencia artificial”, el LLM GPT-2 hizo que la humanidad entera cayera muda y maravillada sobre sus asientos al “escuchar la voz” de una máquina que parecía estar viva, consciente de sí misma. No fue el primer intento ni tampoco la primera vez que se escuchaban las palabras “inteligencia artificial”, pero, indudablemente, nunca sonó tan fuerte como ese 30 de noviembre de 2022.
Un proyecto independiente, sin ánimo de lucro, desarrollado con fines loables y justos, fue lo que terminó por esculpir el código de un constructo digital que, al ser presentado al público, dividió la historia moderna casi en la misma escala que lo hizo el mismo Jesucristo hace 2000 años. Un aura casi mesiánica se apoderó del subtexto residual que envolvía a la novedosa inteligencia artificial y la enarboló, convirtiendo lo que en principio era un modelo de lenguaje predictivo entrenado a lo que parecía de plano ser el homo sapiens sintético, una figura destinada a reemplazarnos.
Sin embargo, dejando de lado la histeria colectiva que provocó durante las primeras semanas, la civilización se acostumbró bastante rápido a la compañía de esta “nueva especie”. Al margen del alarmismo, la grandilocuencia y la especulación, los modelos de lenguaje como ChatGPT, Gemini o DeepSeek se convirtieron en herramientas de trabajo y asistentes virtuales, incorporándose en la vida laboral y cotidiana del cristiano promedio bastante rápido. A tal punto permeó esta tecnología en nuestra vida, que muchas personas se hicieron relativamente dependientes del sabio consejo de las inteligencias artificiales.
Hoy por hoy existen más de 40 “Large Language Models” o “Lenguajes Extensos de Lenguaje” en español, bajo la tutela de aproximadamente de 10 o 15 gigantes tecnológicos, todos con nombre propio, (Google, Meta, Alibaba, Tencent, X, etc.) y todo esto solo contando los modelos de inteligencias artificiales de primera línea, pues existen miles de modelos de lenguaje independientes a lo largo del planeta. Esta es la cara corporativa tras lo que conocemos como “inteligencia artificial”, un mercado que ha vertido miles de millones de dólares, año tras año, en el fortalecimiento y entrenamiento de la compleja red de núcleos de aprendizaje profundo que da a las IAs la capacidad de “pensar”.
¿Cómo funcionan entonces?
Las inteligencias artificiales son, en sentido funcional, un almacén enorme de procesadores y computadores organizados en estanterías cerebro sintético. El “cerebro” inteligencia artificial avanzada es similar a lo que podríamos esperar de un estadio con capacidad para 50 mil espectadores, pero llenando las gradas de unidades de cómputo. Miles y miles de placas de procesamiento, una al lado de la otra, generando un inmenso calor al procesar y calcular los cientos de miles de comandos que reciben diariamente. En cierta manera, de hecho, un centro de procesamiento de una inteligencia artificial opera de forma similar a un “call center” informático: el modelo desvía las peticiones a núcleos específicos para poder dar una respuesta oportuna a todos los “clientes”.
¿Sus funciones?
En sentido pleno, las inteligencias artificiales son herramientas extremadamente avanzadas, capaces de calcular la telemetría de cohetes espaciales y proyectar la estructura de cadenas complejas de proteína en laboratorios, sin embargo, en el mercado doméstico, los modelos de lenguaje tienen un papel más asistencial, sin perder versatilidad. Pueden traducir textos, buscar información, desarrollar hipótesis y formular argumentos, crear rutinas y calcular las calorías de la cena. Pueden desarrollar algunas funciones más complejas, como diseñar imágenes o incluso cortometrajes. Indudablemente, son la navaja suiza del siglo XXI.
¿Sus riesgos?
Su polifuncionalidad y altas capacidades, indudablemente, han conllevado a cuestionamientos filosóficos, algo más introspectivos al respecto. En el interior del hombre ha existido, desde los albores de la historia, esa chispa inexplicable e instintiva que, a lo largo de los siglos le ha impulsado a desmenuzar con apuro y sin pausa los mecanismos que ha diseñado la naturaleza para mover el mundo. En esta década hemos sido testigos del nacimiento de una tecnología exégeta que ha subvertido la concepción de conocimiento e inteligencia, que amenaza con superarnos en aquello que supuestamente era nuestro punto fuerte: pensar.
En realidad, la posibilidad que las inteligencias artificiales, llámense algoritmos predictivos o modelos de lenguaje extenso, nos remplacen es virtualmente nula. La inteligencia artificial es plana, oblicua en su percepción, obedece a patrones de aprendizaje que alimentan sus protocolos de respuesta y, por tanto, son incapaces de crear materializar producción intelectual sin asistencia humana. Sin embargo, eso no implica que no existan peligros. Los albures de la inserción de la IA en el mundo son mucho más sinuosos, seductores y sutiles. Lejos de una ficción distópica orwelliana, los peligros que se ocultan tras los arbustos de esta contingencia hipotética se llaman tendencias, noticias y mercado.
Las inteligencias artificiales son muy buenas creando tendencias, viralizando contenido, analizando estadísticas de mercado y generando cámaras de eco. Convertirnos en borregos dóciles, sin criterio ni principios, es la verdadera amenaza que suponen las inteligencias artificiales, no porque sean intrínsecamente malvadas, sino porque son herramientas muy poderosas que pueden terminar en las manos equivocadas.
