Por Hernán Fajardo
La Puerta de Brandeburgo, en el corazón de Berlín, es mucho más que uno de los monumentos más reconocibles de Alemania. Construida entre 1788 y 1791, se convirtió con el paso de los siglos en un testigo privilegiado de las grandes transformaciones políticas de Europa.
Durante el siglo XX, su imagen quedó estrechamente ligada a la historia de la división alemana. Después de la Segunda Guerra Mundial, Berlín quedó dividida y, con la construcción del Muro de Berlín en 1961, la Puerta de Brandeburgo quedó en una zona prácticamente inaccesible, junto a la frontera que separaba Berlín Oriental de Berlín Occidental.
El 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, la Puerta de Brandeburgo se transformó en uno de los grandes símbolos de aquel acontecimiento histórico. Las imágenes de miles de berlineses reunidos alrededor del monumento recorrieron el mundo y representaron el comienzo del fin de la división de Alemania y de la confrontación que había marcado la Guerra Fría.
Con la reunificación alemana del 3 de octubre de 1990, la Puerta dejó de representar una frontera para convertirse en un símbolo de libertad, unidad y esperanza.
Hoy, para Alemania y para el mundo, la Puerta de Brandeburgo recuerda que los muros pueden dividir pueblos durante décadas, pero también que la voluntad de los seres humanos puede derribarlos. Es, en definitiva, un monumento que pasó de ser símbolo de la división a convertirse en emblema de la reunificación europea.
