El curioso y robo en café pasaje

* Juan Carlos Niño Niño

La evidencia de que Gabriel García Márquez frecuentaba el casi centenario Café Pasaje en la Plazoleta del Rosario, cuando estudiaba derecho en la Universidad Nacional y antes de huir de la Capital del País por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán –cerca de allí- y a mediados de la década de los cincuenta como redactor y reportero del periódico El Espectador, lo convirtió desde 1996 en el más preciado refugio de mi intensa juventud –entre copas y  cigarros- y ahora con el conservadurismo de los años, con un café bien cargado y el infaltable libro de literatura universal.

El curioso y diplomático robo no ocurrió en esa juerga de los años maravillosos, sino  paradójicamente en esta sosegada etapa de mi vida, cuando el cúmulo de experiencias forman el carácter y cultivan la sabiduría, pero sin ser suficiente para dejar de embriagarse por el ambiente de Café Pasaje –sin una gota de licor- en donde aún retumban las charlas de intelectuales en los años cuarenta con traje de paño oscuro y sombrero borsalino, como lo atestiguan una gigantesca registradora y cincuenta (50) delgadas y desgastadas sillas metálicas (forradas en hule rojo).

Estaba en una discusión con algunos amigos en Café Pasaje, sobre un pleito jurídico que García Márquez le ganó al “protagonista” de su libro “Relato de un Náufrago” –que escribió en doce (12) entregas para El Espectador- al defender con ferocidad y casi con fanatismo una sentencia de la Corte Constitucional, en el sentido de que esta obra era del periodista (García Márquez), más no del único sobreviviente en el hundimiento en el Caribe de un buque de la Armada Nacional (Alejandro Velasco) -quien se sometió a un largo y extenuante entrevista del genio de Aracataca- cuando de repente se acercó un individuo joven a la mesa –con elegante traje de paño- y con toda la amabilidad me pidió el favor de poder conectar su celular en la pared a mis espaldas.

Con una espontánea diligencia y sin prestarle mucha atención accedí a la petición del desconocido –corriéndome a un lado con la silla metálica de hule rojo- y continué con mi apasionada defensa del nobel colombiano, aun cuando mis amigos estaban muertos de la risa por mi ofuscación, porque unos segundos antes se atrevieron a decirme que “Gabo” era un miserable usurpador, quien se había lucrado con el testimonio del marinero en desgracia, y que nada le costaba haberle cedido un buen porcentaje de las regalías por las ventas millonarias de la mencionada obra.

Y para colmo de males terminaron por recomendarme que le bajara al tinto –ellos tomaron una cuantas cervezas- para después aceptarles a regañadientes una aromática, mientras buscaba sin éxito a tientas en el suelo el maletín y el portátil, por lo que me paré y quedé aterrorizado al percatar que los mismos habían desaparecido, cayendo en cuenta entonces que el joven elegantemente vestido no era más que un diplomático ladrón, quien aprovechó la acalorada discusión para pedirme que corriera la silla para cargar supuestamente su celular a mis espaldas, y poder robar entonces sin ningún tipo de problemas estas pertenencias.

Coletilla: Un mesero de tez trigueña y mediana estatura llamó de inmediato a la Policía, y no dudo en recorrer –a pesar de la fría lluvia en la noche- los alrededores de la colonial Plazoleta del Rosario, preguntando a loteros y guardias sobre el rumbo que tomaría un individuo de las características del delincuente, dando entonces una muestra inmejorable de solidaridad, que infortunadamente no sirvió para encontrar al diplomático ladrón.

El mesero finalmente nos acompañó a tomar el Transmilenio en la Estación Museo del Oro –en la Avenida Jiménez con Carrera Séptima- comprometiéndose en llamar si algo sabía del insuceso, sin sospechar siquiera que él mismo meses después también sería víctima de la delincuencia, con la diferencia que una noche al llegar en la noche a su casa en el Barrio Kennedy –proveniente de Café Pasaje- dos delincuentes lo asesinaron con varios disparos para quitarle sus pertenencias.

* Magíster en Gobierno del Territorio y Gestión Pública,

Pontificia Universidad Javeriana.