*** Juan Carlos Niño Niño
A finales de los ochenta, acudía con muchos nervios y expectativas a la diminuta Registraduría de Yopal –bajo la dirección del rudo y déspota Jaime Heraldo Rodríguez Granados (Q.E.P.D.)- con el fin de expedir mi flamante Cédula de Ciudadanía, en donde el entusiasmo no provenía tanto por cumplir la mayoría de edad, sino porque eso me permitía participar en las entrantes elecciones, que sin sospecharlo se convertiría en una gigantesca transformación institucional de nuestro País, tan solo comparable a la Regeneración de Rafael Núñez, que se consolidaría con la confesional pero extinta Constitución de 1886.
El estricto registrador Rodríguez Granados convertía la cedulación en un verdadero calvario, porque se ponía neurótico si las huellas dactilares no quedaban impresas de manera correcta, por lo que de inmediato le arrebataba a uno los dedos –uno por uno- para untaros con la tinta de la almohadilla, y casi con violencia estamparlos en la formatos de cartulina de la entidad, culpando al pobre usuario de no concentrarse lo suficiente, y estallando en cólera si uno movía los dedos siquiera un milímetro, clavándole su mirada afilada detrás de unas monumentales gafas transparentes –en donde concentraba su gigante cuerpo de sansón- pero que muchas de sus “víctimas” hoy no dudamos en resaltar su entereza y honestidad, tan clave en los primeros pasos de esta naciente Intendencia y posterior Departamento.
A inicios de 1990, tendría la oportunidad de participar en las últimas elecciones con papeleta –parecía un pequeño sobre cerrado- en donde estoy casi seguro que esta vez no se exigió untar el dedo meñique con una tinta roja -una vez se depositaba el voto en la urna- y como un probable mecanismo para evitar que se sufragara más de una vez, aunque no deja de ser ingenuo pensar en esa época que era suficiente para contrarrestar el fraude electoral, sin poder negar mi absoluta y desgarradora frustración por la eliminación de esta medida, porque desde niño soñaba en untar el dedo con esa tinta roja –que asociaba a la escandalosa sangre de los toros de casta- y como una manera de graduarme en mi derecho constitucional de elegir y ser elegido.
En estas se contaba con siete papeletas para ejercer el derecho al voto, incluidas la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente y la imponente consulta del Partido Liberal, en donde ganó por amplia ventaja el joven estadista César Gaviria, en donde estuve entre los millones y millones de colombianos, que le votamos en un acto de protesta por el magnicidio de Luis Carlos Galán, en donde no resisto omitir que estuve entre los ciudadanos que estuvimos en su último adiós, cuando acompañamos a pie el féretro por la Carrera Séptima y posteriormente sobre la calle 26, hasta llegar al casi bicentenario Cementerio Central de Bogotá, como lo registra al otro día una gigantesca foto en la primera página de El Espectador, en donde no daba crédito cuando encontré mi diminuto y lúgubre rosto, luciendo entonces un viejo y raído saco verde.
Esa época electoral estuvo marcada por acontecimientos cruciales de mi vida, porque mientras en las noches ensayaba como actor de la obra de teatro “Los Fantoches” del grupo cultural La Semilla –al lado de Yorlady Velandia y bajo la dirección de Pedro Suaterna- en el día salía presuroso del Colegio Braulio González y llegaba al directorio del candidato a la Alcaldía de Yopal Emiro Sossa Pacheco (Q.E.P.D), cuando decidí apartarme del también candidato Jorge Prieto –un cercano amigo de mi recién desaparecido Padre Julio Roberto Niño- porque había hecho alianza con el supuestamente “malvado” Alí de J Barón, a quien ahora le admiro y respeto su grandioso legado político, siendo en ese entonces un congresista casanareño aguerrido y destacado en las deliberaciones del legislativo.
A esto se sumó el primer rompimiento sentimental en mi vida, con una hermosa colegiala adolescente del Centro Social Bachillerato, en donde no fue suficiente para olvidarla ese maremágnum electoral, incluido el entusiasmo de conocer en persona al candidato presidencial César Gaviria en el Club Casanare, ni estar cerca de ser elegido delegado de la comunidad estudiantil de la Universidad de la Sabana para las deliberaciones de la Asamblea Nacional Constituyente, cuando con el despecho a cuestas mi Madre no dudó enviar a su despechado hijo para Bogotá, con el fin de estudiar Comunicación Social y Periodismo en una de las mejores facultades de Latinoamérica, desde donde me enteré que la consabida colegiala ahora estaba enloquecida por un profesor de geografía -con pinta de italiano- que conoció al entrar a estudiar en el desaparecido Colegio Juan Pablo II.
En esa misma época, se logra el histórico triunfo como Gobernador de Casanare del joven abogado Oscar Wílchez, y posteriormente la elección como Representante a la Cámara de Julio César Rodríguez, mientras años más tarde el aire inevitablemente se enrarecía, por la supuesta ilegal elección del Presidente Ernesto Samper, debido al aparente ingreso de dinero del narcotráfico a su campaña, dando paso al célebre “Proceso 8000”, cuando recién iniciaba labores como profesional en la Cámara de Representantes, pero que tampoco fue suficiente para quitarme de la cabeza a tan bella y cada vez más lejana colegiala del Centro Social.
Coletilla: Un esfumado a los maravillosos años ochenta y noventa, nos remite a las “elecciones de mitaca” –ahora territoriales- que se adelantaban en el amplio y frondoso parque principal del Yopal –actualmente invadido por vendedores informales- que se cerraba desde la calle novena hasta postrimerías del antiguo Cuerpo de Bomberos; las apasionantes guerras entre las barras de cada campaña, en el naciente centro de votación del Colegio Braulio González, y la espera de los resultados en cualquier tienda de esquina, tomado disimuladamente un par de cervezas –ante la ley seca- y escuchando los resultados de La Voz de Yopal y Caracol Yopal, con la inolvidable conducción de periodistas y hombres de radio tan entrañables como Rubén Darío Venegas y Gustavo Puentes (Q.E.P.D).
A lo largo de los años, nunca supe cómo llegaría a votar esa bella colegiala del Centro Social, si votaría la Asamblea Nacional Constituyente, si sería Serpista o Pastranista, o si actualmente es de derecha o de izquierda… La nostalgia por “Los años maravillosos”, que en nada desdicen de la actual etapa de mi vida, que sin ninguna duda puedo asegurar que efectivamente soy muy feliz. Amén.
*** Asesor Legislativo – Escritor.
