*** Juan Carlos Niño Niño
Un ligero escalofrío siento cuando caigo en cuenta de las innumerables veces en que he sido víctima de un hurto -especialmente atraco- por lo que a estas alturas me siento a reflexionar en qué medida ha sido mi responsabilidad, o la simple y llana realidad de vivir en uno de los países más inseguros del mundo, en donde la Encuesta de Convivencia y Seguridad Ciudadana del DANE en 2024, revela que “el 2,9% de las personas de 15 años y más informaron haber sufrido hurto a personas al menos una vez durante 2023”.
Es más, se podría decir que los atracos son comunes en mi vida, y casi como una sentencia aterradora estoy condenado a que siempre aparezcan a lo largo de los años, iniciando a mediados de los noventa cuando a las 10 de la noche se me ocurrió salir por las desolada Avenida Pradilla de Chía (Cundinamarca) -una población envuelta además en una atmósfera lúgubre, tétrica y misteriosa- con el fin de tomar un aire después de muchas horas de lectura, por allá en los últimos semestres de mi carrera de Comunicación Social en la Universidad de la Sabana.
Era una noche húmeda y nublada, no era fácil caminar entre los charcos de agua y las luces incandescentes de los autos, que retornaban de la Capital del País y recién tomaban la Avenida Pradilla, reconocida ésta a finales de siglo por su alta peligrosidad para los transeúntes -ignoró si actualmente esto cambió, porque la Avenida se convirtió en un vasto y moderno complejo de centros comerciales- cuando de repente aparecen cuatro individuos jóvenes, en donde sin mediar palabra uno de ellos me encañona y exige en tono suave entregar cada una de mis pertenencias.
El individuo del revólver era aparentemente el líder de banda, y al escuchar mis súplicas de que era estudiante y no cargaba un solo peso en el bolsillo, sonrió con compasión y dejó ir a este columnista, argumentando que no se ensañaba con carentes estudiantes universitarios –las oraciones de mi Mamá- siendo muy distinto a la frialdad y violencia con la que fui víctima el año pasado de un motociclista en el barrio Parque Central Salitre en Bogotá, quien se montó en un andén en donde transitaba, y por la espalda me arrebató el celular -mientras hablaba por éste- para después golpearme en la cabeza con el mismo, con el fin seguramente de evitar cualquier reacción.
Era víctima de un segundo atraco en motocicleta. El primero fue en las antepasadas elecciones al Congreso en Yopal (Casanare), cuando caminaba por el sector de El Hobo hacia el Centro Comercial Unicentro, cuando de repente un motociclista joven me alcanza y con suma agilidad me arrebata el morral –lo cargaba en un solo hombro- con la diferencia que mis gritos de auxilio casi lo hacen caer cuando voltea por la carrera 29.
Y en contraste con mi total impotencia cuando a principios de Siglo me bajé a la 11 de la noche en la Estación Simón Bolívar de Transmilenio sobre la Carrera 30 en Bogotá, y sobre el puente metálico me abordaron cuatro sujetos, incluido un niño de unos once (11) años de edad, quien de repente no dudó en apuñalarme en el hombro derecho, al oponer resistencia cuando me llevaban cuesta abajo de la escalera a una zona boscosa –entre el Parque de los Novios y la red férrea por la que pasa el Tren Turístico de La Sabana- en donde por un milagro de Dios una pareja habitantes de calle aparecieron y enfrentaron a los delincuentes, para acompañarme después a Urgencias del Hospital Infantil Universitario de San José.
Unos robos no han sido tan peligrosos pero no por eso menos significativos, como cuando un individuo me hace el cambiazo de tarjeta en el BBVA central de Yopal, para después constatar que en treinta (30) segundos vació mi cuenta de ahorros, o como cuando le quitaron una llanta trasera a mi recién estrenado Onix Chevrolet “El Palomo”, al dejarlo parqueado en una esquina del tradicional Barrio Modelo en Bogotá, mientras tomaba alegre un café en un tradicional panadería de ese sector, y a pesar de que un familiar me advertía una y otra vez los riesgos de dejar en la calle el automóvil, pero que desafortunadamente pudo más mi excesiva confianza y el entusiasmo de la conversación.
Uno de los robos más dolorosos fue cuando en el año 1998 desocuparon mi casa en el barrio Libertador de Yopal –actualmente Restaurante Sebiche- y que fue ejecutado por una joven que se comprometió en cuidar la vivienda en diciembre, cuando viajamos con mi Mamá en esa época del año a la Capital del País, aún más lamentable cuando esa delincuente era de una familia que residía en el barrio, que de todos modos aclaro la misma no tuvo nada que ver con el hurto, pero que tampoco nos ayudaron a localizarla –probablemente le temían- lo que si logré cuando una vez me llamaron al Congreso y me informaron que estaba hospitalizada en el sur de Bogotá, pero que infortunadamente no se pudo hacer nada al no contar con una orden de captura o un proceso judicial como tal.
El lector seguramente estará molesto con este Columnista, al constatar que este conjunto de insucesos ha sido por mi total negligencia, cuando un par de medidas elementales pudieron ser suficientes para evitarlo, por lo que reconozco la falta de responsabilidad –en parte por mi lejana juventud- o probablemente mi carácter distraído y práctico para no prever las cosas, pero que con el paso de los años si me ha servido para acumular una serie de lecciones aprendidas, haciendo ajustes y correcciones para preservar mi integridad y mi patrimonio, siendo consciente que de todos modos nunca se está exento de un acto delincuencial, pero haciendo el sagrado juramento de que el mismo no se va volver a cometer por mi imperdonable descuido, o como me gritaba mi Padre cuando olvidaba cualquier cosa: ¡Por estar pensando en las huevas del gallo!
Coletilla: A principios de los noventa, un violento atraco en la Avenida Pradilla en Chía, propició el encuentro con una de las mujeres más bellas que fugazmente han estado a mi lado, y que siempre veía cuando presurosa salía de una casona blanca de dos plantas al borde de esta Avenida, mientras este Columnista caminaba a clases en el campus de la Universidad de la Sabana.
Era Maritza Robayo –no tengo ni idea que fue de su vida- Estudiante de Enfermería Jefe en la misma universidad, quien siempre me impactaba sus grandes ojos castaños y su altivez ecuestre al caminar –con un cabello rizado y ondulado que alcanzaba la altura de los hombros- luciendo en su alto y delgado cuerpo de modelo unos jeans bota campana y una chaqueta de cuero marrón, que hacía juego con su piel trigueña y una facciones tranquilas, con quien nunca se me ocurrió siquiera cruzar una sola palabra.
Una mañana venía de la Universidad a la casona blanca –en donde después fue construido un centro comercial- y al verme de inmediato rompió en llanto, sin dejar de advertir que por favor tuviera cuidado, que un par de individuo la acababan de atracar -despojándola de todas sus joyas- y que muy seguramente me los encontraría antes de llegar a la Universidad.
Ese sería el inicio de una de los romances más fugaces pero inolvidables de mi vida, porque tuve la oportunidad de compartir con una joven que hacía suspirar hasta la piedras, caminando tomados de la mano con mucha ilusión en Centro Chía –mi amado y nostálgico centro comercial- y aunque fue una vivencia extremadamente breve, se convertiría en unos de los más hermosos recuerdos de mi juventud. ¡De las cosas buenas de la vida!
*** Asesor Legislativo – Escritor.
Bogotá D.C., lunes (festivo) 23 de marzo de 2026.
