La pantomima nacional se exhibe en matiné, vespertina y noche. La obra mezcla lágrimas, violencia, sexo y poder. Pero no siempre es fácil de entender.
Por Gustavo Gómez Córdoba
No entiendo por qué hay que aplaudir el hecho de que una persona sea presidente de un país en cuatro oportunidades. Que lo permite su ordenamiento legal, que se trata de alguien con altas calidades, que lucha contra el oscurantismo, que es el pueblo quien decide en urnas, que su oponente era un petardo… todos los argumentos se diluyen cuando se recuerda que a la democracia se la cuida como al suelo:
con rotación de cultivos. No entiendo por qué resultan de opereta las respuestas de Gustavo Petro a las denuncias de uso de dineros públicos para invertir en placeres personales.
La defensa de su agitada intimidad termina donde empieza la evidencia de que la financió con dineros de los colombianos. Por supuesto que, como persona, tiene derecho a todo tipo de proezas de alcoba (dentro de los límites de la ley), pero costeadas por su billetera.
Tampoco logro entender que el darles contratos a quienes interactuaban con él debamos aceptarlo como una generosa manera de “ayudar a mujeres pobres, madres cabeza de hogar y que realizan trabajo sexual, para que tengan opciones de vida diferentes”. ¿No tiene el Estado canales confiables, nada personalistas, para esos auxilios?
Hay hombres que, al redactar comunicados, no acompasan bien su cerebro con las gónadas.
No entiendo qué pueda ser la mentalidad woke y su protagonismo en el desarrollo de batallas culturales. Como explicaba Roberto Pombo en su programa Mis preguntas, “con tantos usos, la palabra woke ya no significa lo mismo para todos. Pasó de ser una advertencia contra el racismo a convertirse en el gran enemigo de la derecha”. No entiendo… o prefiero no entender.
Lo que sí entiendo es que el arte es una capacidad de expresión humana que no debe meterse en camisas de fuerza. Y que los artistas, por esencia y naturaleza, son librepensadores, contestatarios y contracorriente.
Las manifestaciones culturales deslucen cuando las relegan a un corral o se las mide con la vara de los intereses políticos. Controvertirlas y disentir de tales expresiones es válido, pero no sepultarlas bajo el peso de esos prejuicios.
No entiendo cómo, después de tantos años, la gente sigue cayendo en la trampa de las redes y enganchándose en el festival de la trompada virtual. César Caballero, director de Cifras & Conceptos, bien lo explicó: “X es una burbujita (en Colombia)”. El 40 por ciento (de usuarios) está en Bogotá. Y, de ese 40, la mitad en tres localidades. “No peleemos en X”, dice, “porque nos vamos a pelear con el vecino.
¡Estamos en Chapinero, Usaquén y Barrios Unidos, no hay más!”.
No entiendo por qué tanto alboroto porque la reforma tributaria cosplay luzca como una ley de ajuste fiscal.
Desde que el mundo es mundo, el ejercicio de la política y del poder descansa sobre eufemismos, más aún en el campo de la economía: los recortes son ajustes; la tragedia de la recesión, una desaceleración; al letargo se le bautiza como crecimiento moderado; los despidos se ven mejor bajo el paraguas de las sinergias; la olla raspada a la hora de honrar compromisos siempre tendrá menos efecto en la gente si se la llama refinanciación.
Las tributarias se hacen para apretar más duro el cuello de quienes cumplen sus obligaciones.
En este valle de lágrimas, con o sin Cristo Rey, justos pagan por evasores.
*** Retaguardia. En el foro World in Progress, en Barcelona (organizado por PRISA, EL PAÍS y Cadena SER), el expresidente Juan Manuel Santos le contestó con una pregunta al embajador ante Naciones Unidas, Mauricio Gaona, por decir que el acuerdo de paz con las FARC no es un ejemplo para el mundo: “¿Cómo describe a un embajador que llega, se sienta ante el Consejo y les dice a sus miembros que todo lo que han hecho en estos últimos diez años no sirve?”. La palabra que usó a reglón seguido fue torpeza.
(Publicado en El País América Colombia)
