EL EXTINTO PERO MÁGICO COLEGIO JUAN PABLO II DE YOPAL

* Juan Carlos Niño Niño

Aun cuando el Colegio cooperativo Juan Pablo II desapareció hace más de treinta (30) en la capital de Casanare, su infraestructura sobrevive porque ahora es utilizada por el Colegio Antonio Nariño, con sus tres (3) primeras aulas color verde claro y sus diminutas ventanas de cemento sin vidrio -se mantienen intactas- más un  pequeño pero encantador kiosco, en donde a los catorce (14) años me atreví a cantar de manera histriónica la canción “Cacharrito” del brasilero Roberto Carlos, que sin esperarlo hizo estallar de júbilo a todos mis compañeros, incluso recuerdo reír a carcajadas a mi apreciada compañera Layla Garrido –hija del Mayor (r) Manuel Garrido Villate (Q.E.P.D)- con quien posteriormente estudiamos Comunicación Social en la Universidad de la Sabana.

Con el Colegio Juan Pablo II experimenté tres momentos cruciales en mi vida:

A mediados de los ochenta, una inexplicable pero inevitable decisión de mi Padre Julio Roberto Niño Páez, ocasionó mi salida ipso facto del naciente Centro Social al Colegio Juan Pablo II, pasando entonces de la inquisitoria pero fascinante rectora Teresita Morales, al extremadamente serio pero compresivo rector Juan Vicente Nieves, un prometedor joven licenciado en Biología y Química –proveniente de Vélez (Santander)- con las misma facciones, cabello y barba de Joaquín Galán –el cantante del dúo argentino Pimpinela- y que literalmente enloqueció a las muchachas de la época, aunque presumo que una vez lea esta Columna, mi querido profe “Pimpinela” -con la misma voz incisiva pero rítmica de Jorge Veloza- no dudará en márcame para su tradicional “llamado de atención” a sus alumnos, diciéndome algo molesto que para qué me pongo a decir esas cosas.

A los catorce (14) años ingresé por primera vez con las piernas temblando al Colegio Juan Pablo II, porque no era fácil pasar de un colegio de los Agustinos Recoletos a un colegio cooperativo de iniciativa privada, en donde desaparecieron la oración de la mañana y las clases de religión de la monja Aura Lucía (Q.E.P.D), aún más complicado cuando sus estudiantes eran de un estrato alto -hijos de ganaderos y empresarios llaneros- quienes sin problema llegaban en los pequeños camperos de los ochenta Daihatsu y Suzuki -como las hermana Archila y Zulma Tarquino- mientras otros arribaban en las diminutas pero cómodas motos Suzuki FZ50, incluida la rubia de pelo corto Julia Elvira Díaz Chichilla, esposa ahora de mi gran amigo y compañero Rubén Higuera.

MI salón de clases era la primera aula verde clara de Colegio -una posterior tormenta le arrebataría el techo- donde quedaba mi inolvidable tercero (3) de bachillerato o grado once (11), donde ingresaba sin avisar de vez en cuando el coordinador Salvador Amézquita (Q.E.P.D.), para preguntarnos en cierta ocasión -con su escueto acento poreño- qué tragedia se estaba recordando ese día, a lo que respondimos al unísono que los cuarenta (40) años de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, por lo que se apresuró a decirnos: “Pues a ustedes les cayó hoy esas bombas, porque la mayoría no ha pagado ni la matrícula y ni la pensión, así que se van para la casa a resolver ese problema con sus padres, y de paso cuéntenles que este Colegio está a punto de quebrar”.

En esa aula recibí clases inolvidables como la apasionante Álgebra de Baldor, dictada por una despampanante morena alta a la que le decíamos la profe “Concha” –nunca la volví a ver- y quien patrocinó la presentación de un monólogo en el Teatro El Estero, interpretado por un actor desconocido y enigmático de Bogotá, quien de buenas a primera llegó a los predios del Juan Pablo II, y sin ninguna antesala le escribía poemas a las bellas adolescentes del curso -como Eliana Mesa y Arveira Corredor, asociando ésta última con el personaje de la “Niña Griselda” de La Vorágine- y fueron tan efectivas sus líneas que terminó por dedicárselas a las muchachas de los demás cursos, como las hermanas Núñez, Clara Rodríguez y a la mismísima María Isabel Vela (mi querida “Negra Vela”), a quién sin duda considero la casanareña más bella de la década de los ochenta, así eso ocasione cierto recelo conmigo de tantas y tantas adolescentes  hermosas de la época. Un abrazo para todas.

Al escribir esta Columna aparecen entrañables amigos del Juan Pablo II, como el carismático y afable Gonzalo Núñez –siempre me dio la mano ante mi terrible timidez en el Colegio- mi compañero de pupitre Óscar Jiménez, a quien  admiré su desbordada inteligencia y capacidad de organización –actualmente es un exitoso empresario- siendo el primer compañero “élite” de ese colegio, quien me fue a buscar a mi humilde casa en el barrio Libertador -en un jeep Toyota color crema de los ochenta- para hacer un trabajo de geografía sobre la cordillera más alta de la tierra: El Himalaya, por encargo de la imponente y elegante licenciada Miriam Díaz (Q.E.P.D), madre además de mi inolvidable amigo Ricardo Mora (Q.E.P.D).

Y sea el momento para exaltar el nombre de otro gran amigo y compañero: el contador y empresario Jorge Wilson Mendilveson, a quien considero para toda la vida el alumno más fiel y firme del otrora del Colegio Juan Pablo II,  porque siempre ejerció una defensa a toda prueba de su institución, dispuesto a darse “trompadas” con los del Colegio Braulio González -cuando le gritaban muertos de la risa que el Juan Pablo II quedaba en el monte- siendo el más popular y talentoso bailarín de la minitecas del Colegio, y por supuesto con una buena acogida en el mencionado ramillete juvenil femenino.

A finales de los ochenta, tendría un segundo encuentro con el Colegio Juan Pablo II, cuando me rebelé del pesado ambiente del Colegio Braulio González -fui víctima de bullying- y a mitad de año retorné a aquella institución, en donde las clases de Español de la profesora Martha Cortes, y las clases de Química y Física -dictadas respectivamente por Germán Vargas e Iván Mayorga- fueron el escape de uno de los momentos más difíciles de mi vida, por una inminente separación de mis padres y después el tráfico fallecimiento de mi progenitor en un accidente de tránsito.

Entre esos momentos recuerdo una interesante charla que sostuve con la profesora Martha Cortes -estudiosa del cine arte- sobre la interpretación que se le podía dar a la película “El beso de la mujer araña” -basada en la novela homónima de Manuel Puig- que al ser un cinta demasiado “fina”, como le decía Misael Cabrera (Q.E.P.D.) -propietario del Teatro El Dorado- no le quedó más remedio que bajarla de cartelera a los dos (2) días de expuesta, aún más porque la gente suponía que era una película de acción con la novia del “Hombre Araña”, cuando en realidad era un tedioso pero profundo diálogo en una celda de un periodista con una persona homosexual, siendo bastante adelantada y por lo tanto escandalosa para la población del piedemonte.

La tercera interacción no fue un reingreso al Juan Pablo II, sino la admisión de quien fuera en  ese entonces de “mi primer amor”, una bella adolescente llanera de ojos negros -proveniente del Colegio Centro Social- quien casi de inmediato se convirtió en  la niña más admirada de la institución, sintiendo que poco a poco la iba perdiendo, hasta que la estocada final se dio cuando terminó locamente enamorada del profesor de Geografía con pinta de italiano -de cuyo nombre no quiero acordarme- por lo que me llevé a cuestas un terrible despecho a Chía (Cundinamarca), cuando inicié mi carrera de Comunicación Social en la Universidad de la Sabana, pero que igualmente hace parte de esas experiencias fuertes  pero maravillosas, porque a diario se crece y se vive con intensidad.

Coletilla: Y por esos azares de la vida, rentamos con mi mamá un apartamento en el parque del barrio Los Helechos, que está a escasos metros del extinto Colegio Juan Pablo II –arrendamos nuestra casa al Restaurante Sebiche- en donde me parece ayer cuando salía de esta institución en la tarde al terminar las clases, por un camino destapado y rodeado de matorrales, en donde pasábamos por un gigante pero triste matapalo –enclavado en el ahora Parque El Hobo- escuchando a lo lejos música de todos los géneros –atribuido a nuestro sincretismo cultural- en donde la emblemática canción benéfica “We are de Word”, se mezclaba con “Esta Cobardía” de Chiquitete, la melancólica “Fotografía” de Oscar Athie, y el hit llanero “Todo un señor” del maestro Reynaldo Armas.

Con tristeza y mucha indignación constato que la Inteligencia Artificial de Google asegura que jamás existió en Yopal un colegio llamado Juan Pablo II.

* Magíster en Gobierno del Territorio y Gestión Pública Territoriales, Pontificia Universidad Javeriana.